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Reencuentro…

Reencuentro

Ahí estaba sentado, pensando en cómo actuaría, qué le diría y lo que eventualmente sucedería si él actuase de cierto modo; entonces sonó un timbrazo y se desconcentró, se despojó de su apacible estado, se levantó presuroso, cogió las llaves que estaban en la lustrosa mesa y al instante se hacían presentes sonidos agudos, metal con metal golpeteando, se dirigió a la entrada principal, ella lo estaba esperando, con la sonrisa dibujada en el rostro, él agachó la cabeza como evitando el contacto de sus miradas, entonces al aproximarse a la puerta eligió la llave correcta y se dispuso a abrir.

—Hola —dijo él con voz tranquila—.
—Hola, ¿cómo estás? —respondióle—.
—Adelante, pasa…

En ese instante él levantó la mirada y la contempló, parecía tan perfecta, su silueta encajaba perfectamente con el ambiente cual par de piezas de rompecabezas al embonar; con el cabello suelto y sin forma fija, sus destellantes ojos y la fulgurante fragancia de su perfume al pasar impregnaba el aire; respiró hondo y sólo la contempló pasar, luego, al cabo de unos minutos ella se adentró a la casa y tomó asiento en la espaciosa sala de estar.

—¿Deseas un vaso con agua? —él le preguntó con voz tímida—.
—Sí, gracias. —con la mirada fija en él y una sutil curvatura en sus labios evocando un suspiro hacia sus adentros—.

Él se apresuró, cogió un vaso azulado de vidrio en forma de prisma hexagonal, vertió agua en él hasta llenarlo casi en su totalidad, se aproximó a ella y le tendió la mano para entregárselo, casi al instante ella tomó el vaso y sus dedos rozaron ligeramente con los de él, pero parecía que él no lo había notado. Entonces entrecruzaron algunas palabras para conversar sobre sus últimas actividades y demás, seguidamente, sin que él se percatara, ella posicionó el vaso en la pequeña mesa de centro y se levantó silenciosamente, y antes que él pudiera decir palabra alguna ella lo abrazó con todas sus fuerzas, lo estrechó entre sus amantes brazos y le dijo:

—Te he extrañado tanto…

Él correspondió el abrazo y una expresión de alegría y ternura se posó en su rostro, él la abrazó todavía más fuerte y recargó un poco su cabeza en la de ella más ligeramente y con delicadeza, ella parecía haberse percatado de sus movimientos e hizo un movimiento similar al de él, luego entonces él respiró hondo como queriendo que el aroma de aquella bella chica se hiciera uno con él, se impregnara en su cuerpo.

—Tu cabello huele delicioso —díjole mientras acariciaba sus cabellos—.

Ella no respondió. Se separaron escasos centímetros y se miraron fijamente, el laberinto que se entreveía en las pupilas de ella provocaban incontrolablemente la perdición de aquél tímido chico, pues sus ojos lo extraviaban, estaba dentro de un sendero sin salida, ambos permanecían en silencio y, apenas audibles, sus respiraciones se dejaban notar; en seguida él besó sus mejillas y permaneció recargado frente a frente con ella, eran casi un único ser, pero ninguno se atrevía a besarse, él ligeramente abrió la boca y respiró hondo, al percatarse de ello, ella se inclinó para alcanzar su boca y lo besó, nada podría perturbar el momento, luego él tomó la mano derecha de la chica y entrelazó sus dedos con los de ella apretándolos, ella acariciaba el brazo derecho de él, tan levemente, casi imperceptible, luego se fundieron cuales gotas de lluvia en la inmensa vastedad de los sentimientos y la notable atracción entre ambos seres; él podía percibir el suave y dulce aroma de su piel, el calor de su respiración; cerró los ojos y se dejó guiar por las sensaciones y el latir de su corazón, el momento parecía interminable, era precioso, inefable…

«Porque sólo tú eres capaz de hacerme perder la cabeza y pierda la noción de las cosas. Porque tú me haces caer al vacío sin herirme al impactar con el fondo, llegar hasta ti y hacer de ti otra parte de mí, no te alejes de mí, ámame como yo te amo, las cosas son más simples y sencillas si estás conmigo, porque me hiciste sucumbir, y aunque no lo quiera admitir, no soy lo suficientemente fuerte para soportar tu presencia sin caer extraviado y volverme esclavo de tu voluntad…»

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En espera de ti…

Si se fueron tras de ti todas las noches, casi todas las canciones y veinte mil cosas más… Si se fueron tras de ti las madrugadas y los besos que me matan y más de un millón de sueños que ya nunca volverán… Nunca fue sencillo vivir con el corazón paralizado, sin sentir que aún podía palpitar, sin contemplar la luz que se escurría en mi ventana… Mirar aquél pasillo en que antes habías dejado tu aroma impregnado en sus paredes, empapaste de ti suelo, techo y alrededores de esa habitación, de aquel sillón en que jamás volví a sentir tus besos… Salí de mí y me observaba sin expresión como pasmado junto a tu silueta transparente mirándome, tratando de llamar mi atención pero no te sentía, luego en tu intento por llevar mi esencia contigo me besabas sin resultado alguno, pues simplemente me atravesabas… Te esfumaste en el aire en minúsculas partículas de luz esparciéndose en todo el lugar… Me levanté y volví a mi habitación tocando esos muros donde dejaste parte de ti; dirías que enloquecí en mi intento de besar esa fotografía tuya que nunca dejé de mirar antes de dormir… A veces ganaba, a veces perdía, trataba de ver el vaso medio lleno colgando los ojos en la ventana con expectativas de mirarte regresar… Las tardes, las noches transcurrían cual arena en un reloj, la luz llegaba en efímeros instantes, pero siempre la penumbra se adueñaba de todo rincón. Recuerdo haber visto un tímido rayo de luz que aún sobrevivía en una lúgubre oscuridad; me acerqué y descorrí las cortinas, de pronto todo se iluminó, mis ojos te habían visto volver, después de haber desbordado incontables lágrimas que lamían mis mejillas con un ardor casi sobrenatural; así pues luego salí corriendo a la puerta para abrirte… Sonreíste, sonreí, en ambos había una expresión exteriorizada de emoción e ilusión; después de tiempo indefinidamente breve me abrazaste. –Te he extrañado como no tienes una idea… Se hizo el silencio y luego, casi sin palabras y nuevamente con un brillo cegador en mis pupilas lluviosas dije: –¿Dónde te dejé? Creí jamás volverme a hallar en este momento viviéndolo contigo, entre tus brazos… No contestaste, y me abrazaste con más fuerza, logré sentir una sensación de humedad en mi hombro, eran lágrimas de alegría las tuyas absorbiéndose por mi camisa y rozando levemente mi piel…

Creí nunca más volver a sentir el calor de tu pecho junto al mío, de tener la sensación de tus dedos entrelazados con los míos como jugando a hacer nudos en una tarde que presentaba un grisáceo cielo que parecía observarnos en nuestro maravilloso encuentro… Hasta el viento susurraba entre nosotros claramente: -Ámense… Sentí un ligero escalofrío desde la base de mi columna hasta la cabeza y temblé, preguntaste: ¿qué sucede? Mientras me mirabas. No supe qué contestar en ese instante. Todo parecía tan bello, tan hermoso, nada podría ser mejor…

No terminaría de describir cómo es que hice de mi vida un abismo sin fondo con tanta desolación dentro de mí, pues mi pasado se fue contigo y el viento se llevó tus ojos, nada era igual… Y yo seguía preguntándome “¿por qué?” Seguí amándote en cada instante, no importando qué sucediera, este sentimiento prevaleció y mira ahora, de nuevo es que estamos juntos.

Un amor que nunca se apagó estuvo dentro de mí ardiendo en espera de ti…

Anda, el amor espera…

Hoy he asomado la mirada hacia un nuevo horizonte, puedo divisar lo que viene delante de mí, quizá uno que otro obstáculo e impedimento de llegar a ti, pero tu amor me hará fuerte para caminar por este sendero donde al final se entreve tu corazón, fuente preciosa de salvación y felicidad, paz y éxtasis. Casi inexplicable e indescriptible por las palabras de un simple enamorado que hace lo posible por hermosear con palabras tu existencia; que después de tanto tiempo sin tu cuerpo físico sigue aferrado a tu esencia, a tu aroma… Y después de que he tenido el privilegio de estrecharte entre mis brazos y hallarme entre los tuyos no hayo el modo de canalizar toda mi alegría, felicidad causada por ti, por el instante en que te escuché decir “te quiero”, desde que tu gesto de cariño hacia mí traducido en un abrazo me alcanzó, y de donde tu traviesa sonrisa salpica de caprichosos colores el ambiente, el mundo, MI MUNDO… Es tener el vital y necesario cariño tuyo, cuya naturaleza tan frágil y delicada puede ser corrompida hasta por la más mínima brisa del feroz viento que es capaz de herirte, de dañarte…

Entre unas lágrimas paralizadoras…

No dejaría siquiera que el viento te lastimara cuando roza tu rostro, tampoco que las palabras de los demás lo hicieran, te protegería de todo cuanto quisiera herirte, pero ¿sabes? Tengo miedo… Es un miedo profundo y a su vez tan volátil, que se entremezcla con mis sentimientos, que casi podría jurar que circula por mis venas, que va envenenando y matando de a poco mi alma, un impetuoso miedo que no puede controlarse, que está tan aferrado a mí que desconozco el modo de arrancarlo al fin; pero ¿sabes por qué es ese miedo? La causa se dice fácil, pero duele tan dentro que casi siento que físicamente mi corazón sufre, como si estuviese a punto de sufrir un infarto, y creo que se trata de un miedo que aún logra dominarme, que casi se burla de mí mientras yo, arrodillado frente a él, derramaré amargas lágrimas que correrán por mis mejillas encendiéndolas con un ardor insoportable… Tengo miedo de herirte otra vez, de que el simple hecho de tenerte me obligue casi por automático a lastimarte, sé que por ello no debería preocuparme tanto, pues quizá y muy probablemente eso jamás suceda, no cometeré los mismos errores de mi pasado porque he aprendido…

Ese miedo se ve reflejado en el sueño que acabo de tener:

Estaba tan bella, tan fresca, y nada parecía adverso, era de día y allí estaba ella; él, observándola, decidió que sería adecuado esperarle, ella dio la media vuelta y las miradas de aquellos dos seres chocaron con tal intensidad cual bala impactando fulminantemente a su corazón que se podía sentir esa explosión de sentimientos en el ambiente, sentimientos encontrados que colisionaban entre sí, luego de ello la saludó con una sutil sonrisa dibujada en su rostro, parecía que ella le correspondía el gesto con una tierna, cálida y perfecta curvatura de sus labios, una sonrisa tan mágica… Viajarían juntos, fue entonces que él la tomó entre sus brazos como deseando cobijarla y darle su calor, sin más se dirigían a la estación de trenes; él le cuestionaba alegremente:

-¿Cómo estás?

-Feliz de tenerte aquí conmigo-; respondió observándolo directamente a los ojos con una mirada que inspiraba ternura.

La conversación seguía su curso mientras caminaban por una estrecha calle, había muchas personas, era un lugar concurrido, pero en su mente no existía alguien más que ella cual últimos dos seres en este planeta; llegaron al fin a la estación y planeaban dirigirse a una especie de colegio, edificación que al parecer tenía muchos años de antigüedad. Abordaron el tren y se quedaron cerca de la puerta, como si su destino fuera muy cercano como para decidir tomar un par de asientos, él, recargado en la pared del vagón, atrajo consigo a su amada extendiéndole los brazos como deseando abrazarla, ella accedió y por lo que parecía no planeaba soltarla, la tomó entre brazos y decidió hablarle al oído; -Te amo, pronunció; al momento parecía que su cuerpo vibraba con esas palabras, pero no contestó; arribaron a su destino en un efímero lapso de tiempo, y cuando menos lo esperaban el tren ya estaba allí, en donde deberían bajar.

Salieron de la estación y caminaban muy despacio, con el fin de disfrutar más tiempo de la compañía del uno y el otro, fue entonces que ella comenzó a comportarse de un modo muy extraño y cambiante de forma repentina; se notaba seria y parecía distante, poco faltó para que él lo notara y de un momento a otro ella desapareció cual humo en un viento huracanado, luego entonces la buscó, demoró mucho en volverla a hallar, pero mientras tanto su corazón latía con más intensidad y con más repeticiones en su palpitar… Volvió a encontrarla, -¿Podemos hablar ahora?-, le preguntó seriamente, ella no pronunció palabra alguna y solo se volteó, como indicándole que le siguiera el paso, entonces él se adelantó y rápidamente se volteó frente a ella diciéndole,  – ¿Acaso ya no me amas? ¿ya no me extrañas?, hubo un lapso de un profundo silencio que enmudeció hasta el trinar de las aves mientras ella comenzaba a derramar sus lágrimas, cristalinas lágrimas que lamían su piel; él trató de secarlas, pues mirarla a ella tan triste lo lastimaba; hasta que al fin respondió: -¿Por qué dejaría de amarte? Pero tengo miedo, no quiero que nadie más me lastime, luego ella se lanzó a sus brazos y lo abrazó con gran fuerza prolongadamente…

Volví en mí y aún entre sueños comencé a llorar, derramé lágrimas con los ojos cerrados con un dolor incontenible casi inmóvil, luego me levanté y comencé a escribir esto…

El amor brilla más fuerte en la obscuridad

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