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Reencuentro…

Reencuentro

Ahí estaba sentado, pensando en cómo actuaría, qué le diría y lo que eventualmente sucedería si él actuase de cierto modo; entonces sonó un timbrazo y se desconcentró, se despojó de su apacible estado, se levantó presuroso, cogió las llaves que estaban en la lustrosa mesa y al instante se hacían presentes sonidos agudos, metal con metal golpeteando, se dirigió a la entrada principal, ella lo estaba esperando, con la sonrisa dibujada en el rostro, él agachó la cabeza como evitando el contacto de sus miradas, entonces al aproximarse a la puerta eligió la llave correcta y se dispuso a abrir.

—Hola —dijo él con voz tranquila—.
—Hola, ¿cómo estás? —respondióle—.
—Adelante, pasa…

En ese instante él levantó la mirada y la contempló, parecía tan perfecta, su silueta encajaba perfectamente con el ambiente cual par de piezas de rompecabezas al embonar; con el cabello suelto y sin forma fija, sus destellantes ojos y la fulgurante fragancia de su perfume al pasar impregnaba el aire; respiró hondo y sólo la contempló pasar, luego, al cabo de unos minutos ella se adentró a la casa y tomó asiento en la espaciosa sala de estar.

—¿Deseas un vaso con agua? —él le preguntó con voz tímida—.
—Sí, gracias. —con la mirada fija en él y una sutil curvatura en sus labios evocando un suspiro hacia sus adentros—.

Él se apresuró, cogió un vaso azulado de vidrio en forma de prisma hexagonal, vertió agua en él hasta llenarlo casi en su totalidad, se aproximó a ella y le tendió la mano para entregárselo, casi al instante ella tomó el vaso y sus dedos rozaron ligeramente con los de él, pero parecía que él no lo había notado. Entonces entrecruzaron algunas palabras para conversar sobre sus últimas actividades y demás, seguidamente, sin que él se percatara, ella posicionó el vaso en la pequeña mesa de centro y se levantó silenciosamente, y antes que él pudiera decir palabra alguna ella lo abrazó con todas sus fuerzas, lo estrechó entre sus amantes brazos y le dijo:

—Te he extrañado tanto…

Él correspondió el abrazo y una expresión de alegría y ternura se posó en su rostro, él la abrazó todavía más fuerte y recargó un poco su cabeza en la de ella más ligeramente y con delicadeza, ella parecía haberse percatado de sus movimientos e hizo un movimiento similar al de él, luego entonces él respiró hondo como queriendo que el aroma de aquella bella chica se hiciera uno con él, se impregnara en su cuerpo.

—Tu cabello huele delicioso —díjole mientras acariciaba sus cabellos—.

Ella no respondió. Se separaron escasos centímetros y se miraron fijamente, el laberinto que se entreveía en las pupilas de ella provocaban incontrolablemente la perdición de aquél tímido chico, pues sus ojos lo extraviaban, estaba dentro de un sendero sin salida, ambos permanecían en silencio y, apenas audibles, sus respiraciones se dejaban notar; en seguida él besó sus mejillas y permaneció recargado frente a frente con ella, eran casi un único ser, pero ninguno se atrevía a besarse, él ligeramente abrió la boca y respiró hondo, al percatarse de ello, ella se inclinó para alcanzar su boca y lo besó, nada podría perturbar el momento, luego él tomó la mano derecha de la chica y entrelazó sus dedos con los de ella apretándolos, ella acariciaba el brazo derecho de él, tan levemente, casi imperceptible, luego se fundieron cuales gotas de lluvia en la inmensa vastedad de los sentimientos y la notable atracción entre ambos seres; él podía percibir el suave y dulce aroma de su piel, el calor de su respiración; cerró los ojos y se dejó guiar por las sensaciones y el latir de su corazón, el momento parecía interminable, era precioso, inefable…

«Porque sólo tú eres capaz de hacerme perder la cabeza y pierda la noción de las cosas. Porque tú me haces caer al vacío sin herirme al impactar con el fondo, llegar hasta ti y hacer de ti otra parte de mí, no te alejes de mí, ámame como yo te amo, las cosas son más simples y sencillas si estás conmigo, porque me hiciste sucumbir, y aunque no lo quiera admitir, no soy lo suficientemente fuerte para soportar tu presencia sin caer extraviado y volverme esclavo de tu voluntad…»

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Encuentro…

Imagen

Nada, ahí estaba ella, semidesnuda, su piel se teñía de miel y la noche sucumbía con el tiempo, pero parecía que aquel instante era eterno, sin fin… Una sonrisa dibujada en su rostro a la mitad y sus cabellos en derredor a su cuello hasta sus hombros, el ambiente se había manchado de su aroma, un suave fulgor invisible pero perceptible, lívido, dispuesto en la concentración perfecta, un leve perfume dulce o quizá fresco… Lo miró, como invitándolo a acercársele, su mirada, tan profunda, en sus ojos como piedras preciosas estaba reflejado su deseo, él, sin en cambio, se turbó, estaba a escasos centímetros de ella, suspiró, se acercó y cerró los ojos, buscó apaciblemente el encuentro entre sus bocas, y una vez sintió el roce de sus labios con los de aquella bella chica se quedó a expensas del destino, de lo que pudiera suceder después, ya no importaban ni tiempo ni espacio, el momento permanecía inalterado y los movimientos de aquellos dos seres eran tan sutiles y delicados que se dejaban llevar por sus sentidos que, aunque dislocados, les proferían de sensaciones que jamás habrían imaginado ni experimentado mientras iban grabándose en la memoria de ambos; ella correspondió el beso sin dudar, apagó su mirada y se entregó a él, parecía que derramaba lágrimas de júbilo y encanto, se aferró a él y lo abrazó con fuerza, él se deleitaba con el leve perfume que ella emanaba, sus respiraciones se fundían con su aliento y entonces, lo insoslayable, la tomó tiernamente acariciándola desde su cabeza, pasando por su cálido cuello enredando sus dedos con su abundante y aterciopelada cabellera, llegó a sus hombros, la acercó hacia sí y con la lentitud de una brisa veraniega deslizó sus manos por sus brazos hasta los codos, ella suspiró, inhaló profundamente, y ambos ya entre las emociones y el regocijo de su encuentro, como en un cierto estado de éxtasis en total vastedad se hallaban, luego sin más y sin haber sido planeado, casi instintivamente él comenzó a besar su cuello apasionadamente inundado de excitación y se acercó a sus oídos y en un susurro le profirió palabras casi inaudibles y dejando salir con ellas cálidas e intermitentes exhalaciones a intervalos pausados:

–Te amo, –dijo–.

Ella no respondió al momento, pero él pudo percibir que ella asentía con la cabeza, tomó aire y seguidamente emitió un sollozo tan breve y luego le contestó:

–Y yo a ti. –Un poco agitada–.

Luego, de un instante a otro se hizo el silencio adornado con efímeros y casi imperceptibles sonidos de sus aspiraciones, ninguno pronunciaba palabras, ¡era un instante de máximo frenesí!

Y así la luz se fue atenuando hasta que ni sus siluetas eran posibles de contemplarse, no tenía noción del tiempo, hasta que en un sollozo despertó y abrió los ojos trabajosamente, un poco desilusionado respiró con viveza y a la vez se entristeció, pues aquella experiencia onírica era tan real que incluso aún tenía la sensación de tenerla junto a él, inclusive en la habitación reinaba el delicioso aroma de la chica, después notó que su almohada estaba húmeda de sudor, miró al reloj, éste marcaba exactamente las 2:46 a.m., trató de recordarlo todo y con cierta dificultad trató de plasmarlo en papel eludiendo no olvidar los detalles…

El amor brilla más fuerte en la obscuridad…

Que las palabras hablen por mí…

Incluso cuando el inmutable paso del tiempo me robe la vida en un suspiro, no prescindiré de todos esos recuerdos que se materializaron, tantas lunas eclipsadas y palabras no dichas; sé que el sol no se tapa con un dedo, y sé también que las estrellas seguirán mostrándome la puerta al pasado… ¿Pasado? ¿Es ahí a donde realmente quiero volver? Durante mucho tiempo creí no perdonarme, me hice a la idea de haber terminado aquí, arrinconado en la habitación, emitiendo lastimosos gemidos de llanto; no sé, no lo comprendo, ¿qué fue lo que hice? ¿acaso insistí tanto que hasta lástima sentías por mí y decidiste volver a darme entrada? Eso no lo sé, pero tampoco tengo fe en ello; tratando de hacer hablar a la tierra, y callar el silencio de tus labios, ¿en qué habré fallado? ¿en qué acerté? Dices: Te amo, que nunca se te olvide. Pero entretanto, yo dejándome ahogar con tus palabras, que de a poco me fueron reconfortando, ahora me dejan flotando en la inmensa vastedad de un cielo tan nublado; no puedo ver siquiera más allá de mis brazos, no siento la gravedad, ¿acaso has hecho un conjuro que me mantenga atado a ti?

Por mucho tiempo y en reiteradas ocasiones escuché la frase de: “Deja atrás tus ataduras, suéltalas, olvídalas…” No como acto de debilidad pero tampoco de fortaleza es que yo sigo aquí, pensando en ti, sino por acto de amor incomprendido, de sentimientos sofocados y ásperas lágrimas que desgarraban mis mejillas; porque hay ocasiones en que sí, llego a pensar que el amor viene por añadidura, y conduzco mis pensamientos a la egolatría y la frivolidad; pero no, TÚ, imagen substancial, primordial en mi vida, has dejado marcado el corazón de este pobre chico que sigue viendo en ti lo que él siempre deseó indirectamente, alguien que le acompañase por el postrer del tiempo, de los años, las décadas… Pero no lo comprendo, ¿soy yo acaso el único que ve esa belleza incomparable en ti? ¿Por qué tú no lo haces? Me entristece un poco que no logres deshacerte de esa horrenda sombra negra que detrás de ti va, turbando tus pensamientos y tu mirada, que tan arraigada a ti se encuentra, tanto como para que ni tú misma te reconozcas; dices: Tengo miedo, miedo de que quedes exhausto de mí y des la media vuelta sin previo aviso…

No, deshazte del miedo, que no es más que una idea errónea de lo que realmente sucede, comprende por favor, ¡yo te amo!

Erick Brandon E. Botello

En espera de ti…

Si se fueron tras de ti todas las noches, casi todas las canciones y veinte mil cosas más… Si se fueron tras de ti las madrugadas y los besos que me matan y más de un millón de sueños que ya nunca volverán… Nunca fue sencillo vivir con el corazón paralizado, sin sentir que aún podía palpitar, sin contemplar la luz que se escurría en mi ventana… Mirar aquél pasillo en que antes habías dejado tu aroma impregnado en sus paredes, empapaste de ti suelo, techo y alrededores de esa habitación, de aquel sillón en que jamás volví a sentir tus besos… Salí de mí y me observaba sin expresión como pasmado junto a tu silueta transparente mirándome, tratando de llamar mi atención pero no te sentía, luego en tu intento por llevar mi esencia contigo me besabas sin resultado alguno, pues simplemente me atravesabas… Te esfumaste en el aire en minúsculas partículas de luz esparciéndose en todo el lugar… Me levanté y volví a mi habitación tocando esos muros donde dejaste parte de ti; dirías que enloquecí en mi intento de besar esa fotografía tuya que nunca dejé de mirar antes de dormir… A veces ganaba, a veces perdía, trataba de ver el vaso medio lleno colgando los ojos en la ventana con expectativas de mirarte regresar… Las tardes, las noches transcurrían cual arena en un reloj, la luz llegaba en efímeros instantes, pero siempre la penumbra se adueñaba de todo rincón. Recuerdo haber visto un tímido rayo de luz que aún sobrevivía en una lúgubre oscuridad; me acerqué y descorrí las cortinas, de pronto todo se iluminó, mis ojos te habían visto volver, después de haber desbordado incontables lágrimas que lamían mis mejillas con un ardor casi sobrenatural; así pues luego salí corriendo a la puerta para abrirte… Sonreíste, sonreí, en ambos había una expresión exteriorizada de emoción e ilusión; después de tiempo indefinidamente breve me abrazaste. –Te he extrañado como no tienes una idea… Se hizo el silencio y luego, casi sin palabras y nuevamente con un brillo cegador en mis pupilas lluviosas dije: –¿Dónde te dejé? Creí jamás volverme a hallar en este momento viviéndolo contigo, entre tus brazos… No contestaste, y me abrazaste con más fuerza, logré sentir una sensación de humedad en mi hombro, eran lágrimas de alegría las tuyas absorbiéndose por mi camisa y rozando levemente mi piel…

Creí nunca más volver a sentir el calor de tu pecho junto al mío, de tener la sensación de tus dedos entrelazados con los míos como jugando a hacer nudos en una tarde que presentaba un grisáceo cielo que parecía observarnos en nuestro maravilloso encuentro… Hasta el viento susurraba entre nosotros claramente: -Ámense… Sentí un ligero escalofrío desde la base de mi columna hasta la cabeza y temblé, preguntaste: ¿qué sucede? Mientras me mirabas. No supe qué contestar en ese instante. Todo parecía tan bello, tan hermoso, nada podría ser mejor…

No terminaría de describir cómo es que hice de mi vida un abismo sin fondo con tanta desolación dentro de mí, pues mi pasado se fue contigo y el viento se llevó tus ojos, nada era igual… Y yo seguía preguntándome “¿por qué?” Seguí amándote en cada instante, no importando qué sucediera, este sentimiento prevaleció y mira ahora, de nuevo es que estamos juntos.

Un amor que nunca se apagó estuvo dentro de mí ardiendo en espera de ti…

Un valioso mensaje…

No imaginé volver a este lugar, después de abandonarlo creí jamás regresar, todo se desmoronó cuando soplé a esto que de a poco fui edificando… Vi cómo todo a mis pies quedaba mientras yo, incapaz de solucionarlo, me lamentaba, incluso, a veces ya ni recuerdo por qué… Iba caminando por una vereda en un gélido ambiente después de llover, mojada de recuerdos y empapada de tristeza… Recuerdo haber caminado un par de pasos cabizbajo antes de toparme con un hombre; su presencia me sorprendió un poco, pues de inmediato me dijo: -Tu tristeza se irá y aquella a quien tú dices haber casi dejado sin vida no ha pensado más que en un “¿por qué?”, puedo asegurarte que ella no te guarda rencor, todo se solucionará… Luego, me sonrió y caminaba conmigo; lo más sorprendente fue que sin conocerme y más aún, sin siquiera haberle contado de mis problemas él me alentó con esas breves pero ciertas palabras, entonces en ese instante me preguntaba si mi tristeza estaba muy exteriorizada y si por esa razón no dudó en pronunciarme esas palabras… Pero por alguna causa desconocida para mí no me atrevía a mirarlo detenidamente al rostro, y no pude observar cuál era su apariencia… Continuábamos por aquel camino anchuroso y prolongado hasta que me percaté de que las agujetas de mi zapato izquierdo estaban sueltas, inmediatamente me detuve a volverlas a anudar, pero no vi que el hombre siguió su paso y, al momento de levantarme, ya no estaba… Intenté buscarlo, pues era lógico que no hubiese podido correr y esconderse, además, ¿para qué habría querido hacerlo? Ese camino era enorme…

Luego volví en mí y me quedé pensando en sus palabras: ¿qué habrá querido decirme con ellas? Ahora sé que lo que trataba de decirme es que podría recuperarte, que tenía que aguardar y dejar que las cosas tomaran su sitio… Por ello agradezco a Dios aquellas palabras…

Al parecer nunca te perdí, debía suceder todo esto para aprender.

Anda, el amor espera…

Hoy he asomado la mirada hacia un nuevo horizonte, puedo divisar lo que viene delante de mí, quizá uno que otro obstáculo e impedimento de llegar a ti, pero tu amor me hará fuerte para caminar por este sendero donde al final se entreve tu corazón, fuente preciosa de salvación y felicidad, paz y éxtasis. Casi inexplicable e indescriptible por las palabras de un simple enamorado que hace lo posible por hermosear con palabras tu existencia; que después de tanto tiempo sin tu cuerpo físico sigue aferrado a tu esencia, a tu aroma… Y después de que he tenido el privilegio de estrecharte entre mis brazos y hallarme entre los tuyos no hayo el modo de canalizar toda mi alegría, felicidad causada por ti, por el instante en que te escuché decir “te quiero”, desde que tu gesto de cariño hacia mí traducido en un abrazo me alcanzó, y de donde tu traviesa sonrisa salpica de caprichosos colores el ambiente, el mundo, MI MUNDO… Es tener el vital y necesario cariño tuyo, cuya naturaleza tan frágil y delicada puede ser corrompida hasta por la más mínima brisa del feroz viento que es capaz de herirte, de dañarte…

Entre unas lágrimas paralizadoras…

No dejaría siquiera que el viento te lastimara cuando roza tu rostro, tampoco que las palabras de los demás lo hicieran, te protegería de todo cuanto quisiera herirte, pero ¿sabes? Tengo miedo… Es un miedo profundo y a su vez tan volátil, que se entremezcla con mis sentimientos, que casi podría jurar que circula por mis venas, que va envenenando y matando de a poco mi alma, un impetuoso miedo que no puede controlarse, que está tan aferrado a mí que desconozco el modo de arrancarlo al fin; pero ¿sabes por qué es ese miedo? La causa se dice fácil, pero duele tan dentro que casi siento que físicamente mi corazón sufre, como si estuviese a punto de sufrir un infarto, y creo que se trata de un miedo que aún logra dominarme, que casi se burla de mí mientras yo, arrodillado frente a él, derramaré amargas lágrimas que correrán por mis mejillas encendiéndolas con un ardor insoportable… Tengo miedo de herirte otra vez, de que el simple hecho de tenerte me obligue casi por automático a lastimarte, sé que por ello no debería preocuparme tanto, pues quizá y muy probablemente eso jamás suceda, no cometeré los mismos errores de mi pasado porque he aprendido…

Ese miedo se ve reflejado en el sueño que acabo de tener:

Estaba tan bella, tan fresca, y nada parecía adverso, era de día y allí estaba ella; él, observándola, decidió que sería adecuado esperarle, ella dio la media vuelta y las miradas de aquellos dos seres chocaron con tal intensidad cual bala impactando fulminantemente a su corazón que se podía sentir esa explosión de sentimientos en el ambiente, sentimientos encontrados que colisionaban entre sí, luego de ello la saludó con una sutil sonrisa dibujada en su rostro, parecía que ella le correspondía el gesto con una tierna, cálida y perfecta curvatura de sus labios, una sonrisa tan mágica… Viajarían juntos, fue entonces que él la tomó entre sus brazos como deseando cobijarla y darle su calor, sin más se dirigían a la estación de trenes; él le cuestionaba alegremente:

-¿Cómo estás?

-Feliz de tenerte aquí conmigo-; respondió observándolo directamente a los ojos con una mirada que inspiraba ternura.

La conversación seguía su curso mientras caminaban por una estrecha calle, había muchas personas, era un lugar concurrido, pero en su mente no existía alguien más que ella cual últimos dos seres en este planeta; llegaron al fin a la estación y planeaban dirigirse a una especie de colegio, edificación que al parecer tenía muchos años de antigüedad. Abordaron el tren y se quedaron cerca de la puerta, como si su destino fuera muy cercano como para decidir tomar un par de asientos, él, recargado en la pared del vagón, atrajo consigo a su amada extendiéndole los brazos como deseando abrazarla, ella accedió y por lo que parecía no planeaba soltarla, la tomó entre brazos y decidió hablarle al oído; -Te amo, pronunció; al momento parecía que su cuerpo vibraba con esas palabras, pero no contestó; arribaron a su destino en un efímero lapso de tiempo, y cuando menos lo esperaban el tren ya estaba allí, en donde deberían bajar.

Salieron de la estación y caminaban muy despacio, con el fin de disfrutar más tiempo de la compañía del uno y el otro, fue entonces que ella comenzó a comportarse de un modo muy extraño y cambiante de forma repentina; se notaba seria y parecía distante, poco faltó para que él lo notara y de un momento a otro ella desapareció cual humo en un viento huracanado, luego entonces la buscó, demoró mucho en volverla a hallar, pero mientras tanto su corazón latía con más intensidad y con más repeticiones en su palpitar… Volvió a encontrarla, -¿Podemos hablar ahora?-, le preguntó seriamente, ella no pronunció palabra alguna y solo se volteó, como indicándole que le siguiera el paso, entonces él se adelantó y rápidamente se volteó frente a ella diciéndole,  – ¿Acaso ya no me amas? ¿ya no me extrañas?, hubo un lapso de un profundo silencio que enmudeció hasta el trinar de las aves mientras ella comenzaba a derramar sus lágrimas, cristalinas lágrimas que lamían su piel; él trató de secarlas, pues mirarla a ella tan triste lo lastimaba; hasta que al fin respondió: -¿Por qué dejaría de amarte? Pero tengo miedo, no quiero que nadie más me lastime, luego ella se lanzó a sus brazos y lo abrazó con gran fuerza prolongadamente…

Volví en mí y aún entre sueños comencé a llorar, derramé lágrimas con los ojos cerrados con un dolor incontenible casi inmóvil, luego me levanté y comencé a escribir esto…

El amor brilla más fuerte en la obscuridad

Habrá quien también lo piense…

Hay quien piensa que ya no sirve de mucho darle continuidad a los versos que uno pueda dedicarle a alguien –al igual que yo–, ¿la causa? Múltiples pueden considerarse respuesta, pero una de las más usuales es esta: “Las palabras se las lleva el viento…” –Y un sin fin de terminaciones de oración.– Sin embargo, por otra parte existen personas que consideran la totalidad de lo contrario, piensan que no importa qué piense la persona a la que se le dedican versos, líneas, párrafos, pues aseguran que queda en aquella persona si agrada o no, y lo que les interesa es la intención y la sinceridad con que se abrieron para expresar lo que en el interior de su corazón había o hay.

 Quizá habemos quienes pensamos lo primero porque eso nos ha tocado de cierto modo vivir, y nos da una especie de miedo por poner innumerables e incontables barreras antes de que alguien llegue a nuestro corazón y conozcan lo que en realidad existe y radica dentro propio. ¿Qué sucede con quien opta por la segunda alternativa? Conozco gente que considera la segunda alternativa como la más viable y más adecuada sea cual sea la situación en que se encuentre, simplemente busca un modo de desahogar lo que lleva consigo y lo transmite con letras… Pero a todo esto; yo sigo en mi posición de que es innecesario seguir dedicándole palabras a quien uno desea que nos escuche, y que aunque no diga nada o haga parecer que simplemente le da igual lo que uno sienta (eso suena algo egoísta) tenga en cuenta la intención que tuvimos para atrevernos y osar caligrafiar palabras para esa persona específica. Tratando de exteriorizar las emociones, los sentimientos encontrados, simplemente traducir los latidos y el palpitar de nuestro cuerpo en palabras cada que nos enfrentamos a quien quizá ya no quiera vernos, a quien ha olvidado por completo nuestra existencia, a quien alguna vez hubo de amarnos… ¡Amarnos! Verbo ejecutado tan sutil y hermosamente por quien decimos haber amado o en el presente, amar. No sé descifrar aún la duda que hay cuando pienso en lo que puede ser amar en serio, sé que todos los sujetos que habitamos la redondez de la Tierra somos tan necios a veces, y nos complicamos más de la cuenta nuestra existencia preguntándonos el por qué de todas las cosas, de si estamos o no en lo cierto, en lo correcto… Pero ¿acaso dedicamos a pensar en nosotros aunque sea un efímero instante? Pocas veces lo hacemos, y es que en muchas ocasiones a veces pensamos en lo demás –aunque yo no me incluyo en este inmenso grupo, porque lo es– y nos dejamos al último, dicen que a veces es complicado llegar a ese estado de equilibrio emocional en que podemos darnos nuestro lugar junto con el de los demás y actuar de modo más sencillo y consciente; lo cierto es que son contadas y señaladas las personas que pueden lograr lo que en verdad debería ser, pero creo que lo logran más fácilmente por la actitud que dan para enfrentar esta clase de situaciones… Ojalá yo fuese de esos sujetos que logra dar una actitud cambiante ante esto y facilitarme las cosas… No basta con desear o imaginar, pero ¿verdad que es complicado hacer ejecución de las cosas que tenemos en mente? Cuántas veces no me he propuesto olvidar mi pasado, arrancarlo de raíz, pero noto que está tan arraigado a mí y más porque en ese pasado está quien anhelo –aquí es donde uno puede pensar que me aferro a quien digo amar– pero que sin embargo ya no puedo alcanzar ni recuperar, sé que en alguna parte debe estar entregándole su sonrisa a alguien que sí la ha valorado y que creo que ya no podría hacerle daño, al menos no como yo, que he maltratado y lacerado con tal brutal pero a su vez inconsciente manera que antes no me perdonaba; y simplemente concluyo con que quizás no olvido a quien digo amar porque tal vez fantasear un poco me ha afectado y hace que me invente historias de mí a su lado sonriendo caminando tomándole de la mano y contemplando la perfección de su sonrisa y la ternura de sus modos, de sus ademanes… Es tal el dolor de cerciorarme de que no es posible lo que sueño que hasta en una ocasión recuerdo haber soñado algo como esto:

 Erick y Marian caminaban tomados de la mano algo serios, estaba atardeciendo y se hacía algo tarde para que Erick dejara a su amada en casa sin que su padre notara que había estado con él. Luego Erick dijo:

 – ¿Sabías que te amo?con voz apremiante y tenue, casi inaudible

 Luego un efímero silencio envolvió la boca de Marian como si no deseara que ella hablara, como si por algún motivo se le hubiese ido el aliento como para pronunciar palabra alguna, pero al fin contestó:

 – sabes muy bien que yo también a ti te amo, y también sabes que a me haces falta y que sin ti…antes que Marian pudiera terminar la oración Erick la interrumpió rápidamente

Sí, que sin te sentirías extraviada, ¿verdad?

Así es.

 Luego se volvió a hacer silencio y aquellos dos seres enamorados se quedaron mirándose por un corto instante, que para ellos pareció más un letargo inmenso del cual sería complicado despertar, un trance difícil de exonerarse, un instante en que las miradas de ambos se entrecruzaban y se clavaban en cada uno en lo profundo de sus ojos, como intentando comunicarse con la pura mirada, con el gesto más mínimo pero no menos notable, pues era tiempo de separarse por algún lapso de tiempo…

 – Si me amas,dijo Erick a Marianacepta volver conmigo ¿quieres?

 Nuevamente con un silencio predominante y los dorados y últimos rayos del sol en aquel atardecer que acariciaban la piel de Marian teñida de una tonalidad miel y que también proyectaba una sombra alargada en el suelo de grisáceo color, se interpusieron un momento hasta que pudo volver a contestar:

 – ¿Que yo vuelva a enamorarme de ti? Sí, te amo y no sabes cuánto, pero debes comprender que no es tan fácil para mí…Erick volvió a interrumpirla

Anda, por favor. Perdona todas mis malas actitudes y vuelve a darme otra oportunidad, ámame como la primera vez, con tal inmensidad que ya no seas capaz de amarme más, de sentir que tus sentimientos se desbordan y que casi puedas llegar a pensar que todo se vuelve contrario y de sentido opuesto.

Decir es envolverme en felicidad –repuso Marian– y que me abracen tus suspiros, que el calor de tu cuerpo me estremezca cada vez que te acerques a y que sonría cada que me lo pidas, porque que quien soy y todo mi ser está en ti, pero tengo miedo ¿sabes? De que ocurra lo que ya, o algo peor, no lo quiero, y te amo pero siendo sincera yo a veces desconfío… Pero decir no es entregarme a la soledad, a tratar de comenzar de nuevo, y que mantenga en la cabeza la idea de que nadie en este mundo te va a amar igual que yo…

Ya lo ves, sería el ser más plenamente feliz si me dices respondió Erick, aseguro que no desperdiciaré todos esos momentos en que yo esté contigo, prometo no tocarte cuando así no sea lo que deseas, permíteme de nuevo que seamos y yo, yo y tú…

 En aquel momento me hube despertado y llamé a mamá, platiqué con ella al respecto de aquel sueño tan hermoso que había tenido preguntándome si habré soñado eso por ser de verdad o por haber dormido pensando en ella la otra noche, o si habré querido elegir qué soñar… Alguna de aquellas tres alternativas restaban como respuesta, pero al evaluar la situación opté por la última, y mamá reafirmó mi decisión contestando lo mismo… Concluí la plática con la frase: “En fin, los sueños, sueños son, ¿no?” Por un momento me disloqué de mi entorno y luego volví en sí, soslayé estar pensando en ella y ahí estaba yo, luchando por no recordarla…

E. Botello Erick Brandon

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