Llévame…

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Una noche lluviosa, el aire húmedo, impregnado con la humareda de los vehículos transitando por la estrecha calle como el intermitente vaivén de un péndulo. Él, asomado a la ventana esperanzado, como quien anhela salir volando y viajar a dondequiera sin importar el cómo; tal vez para reencontrarse o quizá para liberarse. Se transportó a la entrada de la habitación, tomó el lustroso pomo de la puerta, lo rotó y salió, bajó las escaleras y tomó una chaqueta de piel, pues el clima parecía gélido, salió por la puerta principal y caminó hacia el cruce de dos calles sombrías apenas iluminadas por las lámparas urbanas, se percibía el incesante siseo del agua corriendo por la pendiente de la calle, miró hacia arriba, apenas se miraban unas cuantas estrellas, agachó casi de inmediato la mirada pues la lluvia le impedía mantener una vista cómoda; entonces esperó y cruzó a la acera de enfrente, se levantó la manga izquierda y miró la hora, ocho con treinta y cuatro, se aproximaba la hora…

Siguió caminando y se dirigió al parque, se divisaban las rutilantes lámparas alumbrando un sendero, para entonces la lluvia ya había cesado, pero el frío de la noche continuaba reinando, tanto que hasta él podía ver su propio aliento, se aproximó a una banca y se sentó a esperarla, al parecer había llegado con algunos minutos de anticipación. Luego, inundado de silencio, y el repique de unos pasos a la lejanía quebrantaron la apacible tranquilidad del lugar y rápidamente miró hacia los lados, ¿sería ella? El sonido se aproximaba y se hacía más fuerte cada vez, él todavía no lograba divisarla, la penumbra gobernaba el ambiente; entonces volvió a mirar a su reloj, habían pasado ya diez minutos y al fin llegó, vestida como el viento, de apariencia simplemente cautivadora; él le cedió el asiento a  su lado, ella aceptó y se sentó junto a él, todavía sin decir palabras recargó su cabeza en el hombro izquierdo de aquel hombre, inmediatamente él comenzó a acariciarle el cabello, que difundía una aroma delicioso.

– Hola, -le dijo él- Estaba impaciente por tu llegada, pero siento un enorme alivio de que ya estés aquí.

– Gracias, -contestó ella- aquí me tienes, después de tanto tiempo… Aquella bella mujer tenía una voz tan cálida e invariable que se combinaba con el ruido ambiental al unísono.

– ¿Me permites abrazarte?

Sin contestarle, ella se lanzó contra él y lo abrazó, instantáneamente ambos parecían haber entrado en contacto con algún estado de éxtasis, nuevamente el silencio se adueñó el entorno y el abrazo parecía interminable, como el infinito, nada perpetraba el encuentro, todo aparentaba ser inalterable, entonces a su oído él pronunció:

– He anhelado tanto tu llegada, no me puedo hacer a la idea de que tienes que estar lejos, aunque la distancia y el tiempo sean mera ilusión, me cuesta tanto estar sin ti…

Ella no contestó, cosa predecible, entonces lo miró a los ojos, ella proyectaba una mirada apacible y colmada de tranquilidad y paz como las aguas de un mar colmado de vastedad, entonces así trató de convencerlo de que ella sentía lo mismo, sin pensarlo dos veces repentinamente se arrojó de nuevo a sus brazos y lo besó, parecía una acción misteriosamente extraordinaria, él jamás habría pensado que se atrevería, pero apresuradamente cayó bajo el yugo y el sometimiento de ese contacto con vehemencia, su espíritu parecía desprenderse del cuerpo y la tranquilidad lo volvió en sí.

– No preguntes ni digas nada, estamos los dos juntos, aquí, nada más…

Él la tomó de la mano y rogándole le dijo: – Ven conmigo, quédate, por favor.

Ambos se levantaron del asiento, y caminaron por el sendero, de a poco sus siluetas se fueron desvaneciendo formando parte de la abisal e insondable oscuridad, ¿acaso se quedarían juntos de nuevo?

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Acerca de Erick Brandon

Un chico simple y serio. Nada más.

Publicado el junio 13, 2013 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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